“Niebla del riachuelo” (1937): reflexiones sobre un tango (Olga Lucía Betancourt)

“Niebla del riachuelo” es un tango con letra de Enrique Cadícamo y composición musical de Juan Carlos Cobián. En la versión de Susana Rinaldi.

La más sensible intérprete del tango, surge de entre la niebla del riachuelo, con el tono preciso, la nostalgia certera, el contraluz de la melancolía y la emoción de su voz, profundizada y embellecida por los años.

Susana canta este tango del olvido, con la intensidad del alma solitaria que reconoce el tiempo perdido y la pena de los amores imposibles. En su emotiva voz, cobran fuerza las imágenes de los viejos barcos anclados para siempre en un rincón de ese mar que los acarició y los meció en sus oleajes…

“Puentes y cordajes/ donde el viento viene a aullar/, barcos carboneros que jamás han de zarpar…/Torvo cementerio de las naves que al morir/ sueñan sin embargo que hacia el mar han de partir…/ Anclas que ya nunca/ nunca más han de levar/, bordas y lanchones sin amarras que soltar…/Sueña marinero con tu viejo bergantín/, bebe tus nostalgias en el sordo cafetín…”

Marinos que el tiempo borra y cantan su añoranza por los bellos días de vientos y mareas, o bajo el verde profundo de la mar en calma. La pena por la vejez de los seres y las cosas que, inevitablemente se dejan a un lado, en lo insoluble del Tiempo, pasan por el alma y la voz de Susana, consciente de lo que dicen las palabras y, sobre todo, de la doliente clave de la música.

A pesar de sus detractores, de los que se dicen “puristas” del tango y siguen con una idea sobre la manera de cantarlo, Susana ha extraído del limbo de las repeticiones, la verdadera alma de las palabras, de las imágenes de cada tango que interpreta, y transmiten esa intensidad de Vida y carencias, implícitas en las relaciones y las emociones humanas, constituyendo el secreto para que el tango continúe vigente.

Susana revolucionó, por decirlo de alguna manera, la relación de los instrumentos con la voz y la intensidad del poema. Su primera versión de “Che Bandoneón”, tiene la magia de los silencios de la orquesta, del juego del bandoneón en solitario y la calidad poética de la voz que acaricia el sentimiento y lo trágico, en sus imágenes…

“El eco de tu voz che bandoneón/, se apiada del dolor de los demás/ y al estrujar

tu fuelle dormilón/, se arrima al corazón que sufre más…/, Estercita y Mimí, como Ninón/, dejando sus vestidos de percal/, vistieron al final, mortajas de rayón/, al eco funeral de tu canción”…”Bandoneón… Para qué nombrarla tanto/, no ves que está de olvido el corazón/, y ella vuelve, noche a noche, como un canto/ en las copas de tu llanto, che bandoneón…”

En la retrospectiva del tiempo, desde sus primeras grabaciones, he sentido el placer y la emoción de redescubrir la gama de emociones de unas imágenes de tangos que, aunque bien cantados por bellas voces de intérpretes, no me habían dejado la emoción que hay en cada frase y en el hondo sentimiento del bandoneón, en la emoción de Susana. Porque no es sólo una bella voz, sino la onda de una sensibilidad especial para transmitir la poesía que hay en las letras de los tangos.

Y hago la salvedad sobre un cantante, Andrés Falgás, quien, aunque ha estado un tanto relegado y casi que olvidado entre esa gama de intérpretes que escuchamos y de los que se siguen editando versiones de sus tangos, siento que es alguien que, en su manera de decir y de acariciar las palabras, se aproxima a ese canto visceral y emotivo que nos transmite Susana Rinaldi.

Pero fue Susana la que supo interactuar con la orquesta, “domesticar” su ritmo, acentuar sus tiempos o sus silencios. Y no hubo un tango mejor medido, seguido, pulido por los instrumentos, que el que ella canta. Lo sombrío de un chelo, la nostalgia de un bandoneón, la gama solitaria de un piano, el conjunto de la orquesta con sus pausas exactas…

Todo esto se puede percibir viendo y escuchando sus conciertos en Finlandia, con la gran orquesta que la acompaña en ese país nórdico, que lleva también el alma y la bohemia del tango en su extraña lejanía al borde de las nieblas y los fríos del Polo Norte.

Ese es el arte del canto y de la emoción de Susana Rinaldi, quien, entre la niebla del riachuelo, donde lloran los barcos que quieren volver al mar, nos hechiza como siempre, y nos deja el alma a la orilla de la hondura y la melancolía.

Olga Lucía Betancourt S.
Luxemburgo, invierno 2012

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